Algo terrible ha sucedido. El mejor toro del señor Pérez escapó de su granja la noche anterior y no ha regresado. El pobre hombre lo ha buscado por todas partes. Sabe que sólo queda una cosa por hacer: pedir un milagro. Debido a que es un hombre de escasos recursos, busca una lata y con mucho cuidado la corta en la forma de un novillo, graba en el metal las marcas distintivas de su posesión más preciada, y lleva el amuleto a la iglesia. De rodillas, ora con humildad por el regreso del animal sano y salvo, y acongojado busca el mejor sitio para fijar su amuleto. Se asegura de que quede en un lugar visible a los ojos de su santo patrón. En el campo mexicano la esperanza se expresa de esta forma tan original, con una oración y un pequeño obsequio a los dioses. Los pequeños amuletos son conocidos por el nombre de “milagros” y esta práctica data de hace cientos de años. Se acredita a Hernán Cortés el haber realizado el primer “milagro” para agradecer a la virgen el haberlo curado cu...